El
doctor Miguel Lillo fue un naturalista de condiciones poco comunes. De gran
sagacidad y capacidad de observación, dotado de extraordinaria y amplia
vocación. Profundamente erudito, como resultado de su propio esfuerzo.
Especializado en Botánica, conocía también a fondo otras ramas de las
disciplinas científicas, particularmente la Química. Tenía autoridad, tanto
moral y científica, de singular relieve. Durante medio siglo se dedicó a la
investigación científica, alternando estas actividades con la docencia y la
dirección de instituciones públicas.
Nació en
Tucumán en 1862, cursó sus primeras letras en una escuela particular e hizo el
bachillerato en el Colegio Nacional. No efectuó otros estudios oficiales; todo
lo que vino después se le debió a sí mismo, constituyendo un hermoso ejemplo de
autodidactismo.
Las
ciencias exactas, físicas y naturales fueron las de su predilección y las
estudió y perfeccionó con ahínco. Federico Schickendantz, profesor de química y
director de la Quinta Normal de Agricultura, fue el maestro que tuvo el joven
Lillo. Había descubierto en él condiciones estimables de observador y
estudioso. Y lo estimuló y lo guió vislumbrando en él a su sucesor.
Efectivamente, cuando el doctor Schickendantz se ausentó definitivamente de
Tucumán, en 1892, Lillo lo reemplazó en la Dirección de la Oficina Química,
cargo que conservó hasta el día de su muerte y que atendía durante la semana
alternando con Cátedras de Química y Física en el Colegio Nacional, Escuela
Normal y Universidad.
En 1918
se retiró de la docencia, guardando, con carácter Honorario el cargo de
Director del Museo de Historia Natural, anexo a la Universidad.
Federico
Schickendantz lo puso en relaciones con los botánicos Federico Kurtz y Teodoro
Stuckert, ambos por entonces en Córdoba. También lo instó a que efectuara un
viaje por Europa, cuyos principales centros científicos visitó, teniendo
ocasión de frecuentar los mas notables botánicos de la época. Este viaje tuvo
una influencia decisiva en la vida del joven naturalista.
En 1888,
poco antes de aquel viaje, había publicado su primer ensayo sobre la Flora
Tucumana, mas no era su afán hacer publicaciones sino profundizar los
problemas, enriquecer su biblioteca, hacer colecciones, cultivar especies
críticas, comunicarse con colegas del país y del extranjero, consultar tipos,
determinar material, etc., etc. Su contribucion al conocimiento de los árboles
de la Argentina (1910) constituye una obra fundamental para los estudios
dendrológicos en nuestro país.
El Dr.
Lillo fue miembro de la Comisión Nacional de la Flora Argentina y se ocupó con
preferencia del estudio de la gran familia de las Compuestas. Efectuó después
una revisión de las Asclepiadáceas argentinas y más tarde trató las Acantáceas.
Clasificó colecciones de mucho valor procedentes especialmente del Norte
Argentino, interesándose también por la distribución de la vegetación en esta
parte del país, para concretar criterios fitogeográficos propios. En el campo
de la Zoología —en particular la Ornitología— la labor de Lillo fue prolífera.
En 1905 publicó Fauna Tucumana (Aves). Describió además nuevas especies de la
avifauna tucumana y reunió la mejor colección de aves de la provincia.
Otro
aspecto prominente de la vida de Lillo constituyó su pasión por la lingüistica
y la literatura clásica. Además de los idiomas necesarios para asesorarse en
sus investigaciones científicas, Lillo estudió con singular acierto y especial
versación las lenguas indígenas. Valga además agregar, que durante 45 años
llevó con toda minuciosidad los registros metereológicos, cuando todavía no
existían observatorios nacionales en Tucumán.
El
doctor Lillo recibió honores que le tributaron espontáneamente las
corporaciones e instituciones científicas del país y del extranjero. El Museo de
La Plata lo designó Doctor Honoris Causa en 1914.
En 1928
le fue otorgado el premio «Francisco P. Moreno».
Su vida
fecunda y extraordinaria se extinguió en Tucumán, con heroica serenidad, el 4
de mayo de 1931.

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